El hombre que susurraba a los aguacates

En los primeros años del siglo pasado no sólo nacieron Salvador Dalí, Miguel de Molina o Rafael de León y Arias de Saavedra. También lo hizo, esta vez en tierras vascas, Luis Sarasola Llana. Es el nombre menos conocido de los citados, pero a él le debemos que en España cultivemos uno de los frutos más completos y saludables: el aguacate. Esta es la trepidante historia de Don Luis, el hombre que susurraba a las plantas.

En 1928, con 18 años, se marchó a Versalles a estudiar ingeniería agrónoma, la tierra era su vocación. Allí entró en contacto con el yoga y se hizo vegetariano.

Al terminar la carrera volvió al País Vasco, lo recibió la Guerra Civil y lo mandaron a la cárcel por rojo. Terminó la guerra y se trasladó a Córdoba, ciudad en la que su hermana regentaba la conocida librería Luque. Allí conoció a la que sería su esposa, una mujer unos diez años más joven que él, muy culta y habitual clienta de la librería. No sabemos si ella habría accedido a casarse con él si hubiese sabido que con el tiempo vivirían separados.

Pasó por Madrid un tiempo y finalmente volvió a Andalucía motivado por su gran obsesión: el aguacate que en España era muy difícil encontrar, y que llevaba estudiando en profundidad desde su conversión al vegetarianismo en Versalles. Así fue que, con su vieja motocicleta, recorrió la costa andaluza hasta encontrar en Granada unos diez árboles que producían este fruto exótico pero a los que nadie prestaba ni la más mínima atención.

Corría el año 1956 cuando se enteró de que había un chaval que había empezado a importar aguacates canarios y cuya reputación estaba en alza por el simple hecho de distinguir las características elementales de este fruto de origen americano y que rara vez alguien sabía ni tan siquiera qué era. Don Luis decidió contactar con él con la intención de producir aguacates en la costa andaluza. Tenía que sopesar las posibilidades comerciales del fruto para decidir si se embarcaba en la gran aventura subtropical de la inversión aguacatera. Julián Díaz Robledo, el chaval en cuestión, se sorprendió y se asustó a partes iguales: “Luis Sarasola, un vasco muy especial, muy selectivo de sus amigos, muy culto, un poco raro y vegetariano, con cuarenta y muchos a sus espaldas, se quedó sorprendido de mi juventud, de mi entusiasmo por los troncales y por mis planteamientos radicales en cuanto a que el aguacate no podía prosperar de manera rentable en la costa andaluza”, pero Don Luis le dijo “ven y te convencerás” y así fue.

 

Pasaron unos meses y encontraron un terreno en Almuñécar donde había muchos chirimoyos y, con la ayuda de su amigo chileno-alemán Roger Magdahl, crearon el Rancho California. Julián facilitó huesos de los frutos deteriorados que llegaban de Canarias y los que podía recuperar de restaurantes.

Don Luis vivió en el Rancho hasta 1980 mientras siguió estudiando la tierra, escribiendo artículos acerca de sus descubrimientos, experiencias técnicas y viajes a los países productores, y se dedicó a cultivar. Por las tardes le visitaban escogidos amigos con los que hablaba de literatura, de música, de arte, de historia o de frutas tropicales. También le visitan su mujer e hijos.

El rancho prosperó y en octubre de 1960 se exportó la primera cosecha. Los primeros frutos de este pionero del cultivo comercial del aguacate español se vendieron entre 80 y 120 pesetas el kg. Eran cajas de 5 kg hechas de cartón y con un bello diseño. El nombre elegido para la marca fue “Palta”.

A la fama de Don Luis le rodeaban sus paseos desnudo por la playa y sus prácticas de yoga al aire libre. Puede ser que conociese tan bien su Rancho como el calabozo que frecuentaba por hacer “cosas raras”.

Los aguacates fueron para Don Luis como sus hijos. Una vez hubo una tromba de agua, una de esas tormentas típicas de veranos tropicales que parecen asemejarse al Diluvio Universal, y cuentan que salió de uno de los bungalós que Roger Magdahl había construido envuelto en una túnica blanca que le cubría de cuello a pies y sin reparo a empapar su delgado cuerpo gritaba desesperadamente:“¡Resistid, aguacates, estoy con vosotros! ¡No os va a pasar nada! ¡Aguacates, aguantad, que sois fuertes como dioses aztecas y yo os sujetaré de las ramas si es preciso para que no sufráis daño alguno!”.

Dicen de él que era un tipo muy extraño, que hablaba y acariciaba a los árboles y a las plantas, y que pasaba malas noches cuando se enfermaban. Los últimos años de su vida los pasó en Málaga, apartado de su finca, y se convirtió en un hombre triste y solitario. Sus escritos originales han desaparecido misteriosamente. Quizá a partir de ahora, cuando disfrutemos de un rico aguacate español, recordemos la historia de un hombre valiente y apasionado: Luis Sarasola.

Fuente: http://seiyumagazine.com/el-hombre-que-invento-el-aguacate/


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