Hay una época, normalmente entre los 40 y los 50, en la que muchas empezamos a no reconocernos del todo. El cuerpo cambia —dormimos peor, el calor nos sube sin avisar—, pero lo que de verdad remueve los cimientos, muchas veces, es lo que pasa por dentro. El ánimo se vuelve más frágil, lloramos por cosas que antes no nos afectaban tanto, la irritabilidad aparece de la nada y, cinco minutos después, llega la culpa por haber estado irritables. Hay días en los que nos sentimos más sensibles, más expuestas, como si la piel emocional se hubiera quedado más fina de lo habitual. Y no siempre sabemos ponerle nombre a lo que sentimos: puede ser una tristeza sin motivo aparente, una ansiedad que se instala en el pecho sin avisar, o esa sensación difusa de estar perdiendo el control de una parte de una misma.
Eso es la perimenopausia: los años de transición hormonal previos a la menopausia, en los que los estrógenos y la progesterona dejan de seguir su ritmo habitual y empiezan a fluctuar, a veces de un día para otro. Y como el estrógeno influye directamente en la producción de serotonina —el neurotransmisor que regula buena parte de nuestro estado de ánimo—, no es casualidad que en esta etapa la montaña rusa emocional se sienta tan real. No es que estés «más débil» ni que se te haya ido la cabeza: es fisiología, y merece tratarse con la misma seriedad que cualquier otro síntoma.
Nadie nos prepara demasiado para esta etapa. Se habla poco de ella, y cuando se habla, suele ser en clave de síntomas físicos a «aguantar», dejando en un segundo plano lo emocional, que a menudo es lo que más cuesta sostener. A mí me gusta mirarlo de otra manera: no es una avería que hay que resolver, es un cambio de estación en el cuerpo y también en el ánimo. Y como todo cambio de estación, se puede atravesar con más o menos fricción según cómo lo acompañemos.
Cuando el terreno emocional también se mueve
Sentirte más vulnerable, notar que la paciencia se agota antes, llorar en momentos que te sorprenden a ti misma… todo eso es real, tiene una base hormonal clara, y no significa que algo vaya mal contigo. Tampoco significa que tengas que gestionarlo en silencio o disculparte constantemente por ello. Esta sensibilidad más a flor de piel es, en realidad, información: tu sistema nervioso está más reactivo de lo habitual, y necesita que lo tratemos con más cuidado, no con más exigencia.
Aquí es donde el yoga tiene mucho que aportar. No te va a quitar la sensibilidad —de hecho, no hace falta quitarla, es válida—, pero sí te da un lugar seguro donde sentir sin que la emoción te arrastre entera. La práctica en la esterilla suele ser, para muchas mujeres en esta etapa, el único momento del día en el que se permiten parar y notar qué hay debajo del cansancio o de la irritabilidad. Y ese simple gesto de darle espacio a lo que sientes, en lugar de taparlo o de dejarte arrastrar por ello, ya cambia la relación con la emoción.
Qué hace exactamente el yoga en esta etapa
A nivel emocional, el trabajo de respiración lenta y las prácticas de atención plena activan el sistema nervioso parasimpático, el que nos saca del modo alerta y nos devuelve la calma. Con la práctica sostenida, esto no solo ayuda en el momento: entrena a tu sistema nervioso a recuperarse más rápido después de un pico de ansiedad o de un bajón de ánimo, así que cada vez cuesta menos volver al centro.
Prácticas como la respiración nasal alterna o las respiraciones refrescantes, en concreto, ayudan a bajar la intensidad de los sofocos y de esos picos de ansiedad que aparecen sin avisar. No los eliminan, pero cambian la relación que tienes con ellos: dejan de sentirse como un secuestro del cuerpo.
El trabajo físico, por su parte, es clave para sostener masa muscular y densidad ósea justo en los años en los que empiezan a perderse más rápido. No hace falta que sea intenso: posturas de fuerza sostenidas, equilibrios y un buen trabajo de core hacen mucho más de lo que parece.
Las posturas restaurativas —piernas en la pared, puente con apoyo, torsiones suaves en el suelo— trabajan en la otra dirección: bajan el cortisol, mejoran la digestión y ayudan a soltar esa tensión acumulada que tanto tiene que ver con las noches de insomnio… y con los nervios a flor de piel del día siguiente.
Y el yoga nidra merece mención aparte. Para muchas mujeres en esta etapa, dormir bien deja de darse por hecho, y la falta de sueño es, precisamente, uno de los mayores amplificadores de la inestabilidad emocional. Veinte minutos de yoga nidra no sustituyen el sueño, pero le dan al sistema nervioso un descanso profundo que ayuda a compensar esas noches interrumpidas y a llegar al día siguiente con más margen emocional.
También ayuda, simplemente, el hecho de moverte y respirar de forma consciente: te recuerda que sigues siendo tú, aunque el cuerpo y las emociones se comporten de una manera que no reconoces del todo. Encontrarte contigo misma en la esterilla, aunque sean solo diez minutos, es una manera silenciosa de decirte «estoy aquí, esto también va a pasar».
Por dónde empezar
Si estás en esta etapa (o la ves llegar) y quieres probar, no hace falta que le des la vuelta a tu rutina. Empieza por algo pequeño y sostenible:
Diez minutos de respiración nasal alterna al despertar. Una secuencia suave de torsiones y posturas restaurativas antes de dormir. Un momento breve, después de la práctica, para poner en palabras —mentalmente o por escrito— cómo te sientes, sin juzgarlo. Y, si las noches se complican, un yoga nidra guiado en lugar de quedarte dando vueltas en la cama.
Lo que sí te pediría es paciencia contigo misma. La perimenopausia no se «soluciona», se acompaña. Y el yoga, más que darte respuestas, te da un lugar donde escuchar mejor lo que tu cuerpo —y tus emociones— te están contando.
Si esta etapa te está pillando con la sensibilidad a flor de piel, no estás exagerando ni estás sola. Es tu cuerpo cambiando de estación, y mereces atravesarlo con la misma delicadeza con la que tratarías a una amiga que estuviera pasando por lo mismo.
¿Estás pasando por esta etapa? Cuéntame en los comentarios cómo la estás viviendo tú, me encantará leerte.


