Un año sin mi empresa: la verdad sobre mis 40, el duelo de identidad y la revolución hormonal

Un año sin mi empresa: la verdad sobre mis 40, el duelo de identidad y la revolución hormonal

Violeta Yoga, diez años después: El duelo invisible de la identidad, las hormonas y el renacer a los 40

Se ha cumplido un año. Un año exacto desde que apagué las luces, cerré la puerta y entregué las llaves del lugar que no solo fue mi sustento económico y laboral, sino mi refugio más sagrado. Violeta Yoga no era una empresa, era mi casa, mi lugar seguro. Era el espacio físico y sutil donde invitaba a las personas a acercarse, a compartir una manera de estar y de sentir la vida, desde una mirada de conexión amorosa, profunda y espiritual. Fue un hogar para mí y para tantos otros. Hoy, con la perspectiva que solo da el tiempo, me doy cuenta de lo inmenso que fue ese proyecto para mi alma.

Sin embargo, los duelos tienen sus propios tiempos y no siguen los ritmos que deseamos.

Durante estos doce meses, caminé con la firme creencia de que todo estaba bien. Y en parte lo estaba: sentí un alivio genuino al soltar el peso de la estructura. Pero la mente avanza más rápido que el corazón. Hace unas semanas, tras un profundo trabajo de constelaciones familiares, una compuerta interna se abrió y pude llorar por primera vez. Descubrí que lo emocional no había sido integrado, estaba congelado, esperando su momento. Mi cuerpo y mi alma necesitaban un año de silencio para procesar, que cerrar un proyecto de una década no fue solo liquidar la propia empresa, fue desmantelar, la identidad de la mujer que fui durante toda mi década de los 30 (la más intensa hasta el momento).

Mis 30 comenzaron a lo grande: una separación dura y una niña de apenas dos años en brazos. Fue desde ese lugar donde nació Violeta Yoga, mi proyecto más personal, revelador e inspirador. Durante diez años, no fui solo una mujer construyendo un negocio, fui una mujer construyendo su vida y acompañando una nueva vida (la de mi hija), y una vida en forma de proyecto personal.

Además sin darme cuenta, las fronteras entre mi nombre y mi marca se borraron de algún modo. Violeta Yoga dejó de ser lo que yo hacía para convertirse en una parte de mi todo. Lo peligroso de esta fusión silenciosa es que, de algún modo, mi valor personal quedó encadenado a la facturación y al éxito de la marca. Si el espacio vibraba alto y los números acompañaban, yo me sentía una mujer brillante, capaz y exitosa. Si el negocio atravesaba una racha difícil, mi autoestima de algún modo caía, volviéndome más insegura e inestable.

Por eso, el día del cierre experimenté una mezcla extraña de alivio y una profunda tristeza. No era solo nostalgia, aparecía una sensación de pérdida personal. Hoy, un año después, por fin puedo mirarla a los ojos, darle voz, otorgarle un lugar digno en mi historia y, sobre todo, devolverle la paz.

Y como la vida es curiosa y a veces implacable, la crisis laboral no llegó sola. Se entrelazó con el inicio de una nueva etapa biológica y existencial: los 40 años. Esta década que se estrena con una crisis real de identidad, «y, ahora qué hay de este nuevo ser», que resuena dentro de mí, mientras el cuerpo empieza a manifestar su propia revolución.

Justo cuando más claridad mental necesito para rediseñar mi futuro, aparece la niebla mental. Las hormonas se revolucionan trayendo consigo un cansancio extraño que no se cura durmiendo, y cambios físicos que transforman mi cuerpo. De repente, mirarme en el espejo o reconocerme en las fotografías se vuelve un ejercicio complejo de aceptación.

A este cóctel emocional se le suma la realidad del hogar, aquella niña de dos años con la que inicié el viaje hoy es una adolescente. Sostener la adolescencia mientras surfeas tu propia perimenopausia, es un espejo constante que exige una madurez, paz y muchos mimos, porque cuando mi ser esperaba una tregua, un respiro del universo, la vida te recuerda que no hay tiempo para detenerse: hay que activarse, hay que reinventarse y hay que continuar.

Hoy, con algunas lágrimas ya integradas y el corazón más limpio y nítido, elijo mirar esos diez años con una nueva visión. Violeta Yoga no es un proyecto que murió. Fue un máster intensivo de vida, uno que aprobé con honores porque me enseñó las luces y sombras del camino de vida.

El gran conocimiento adquirido en esa escuela me hacen ser quién soy hoy. He aprendido de finanzas, de liderazgo, de resiliencia, de marketing, de ventas, y sobre todo acerca de los seres humanos, la empatía, la resiliencia y la ayuda, he aprendido de mí misma, y es mi mayor autoconocimiento. El negocio se terminó porque las circunstancias cambian, los mercados evolucionan, y de algún modo, nuestros propios deseos a los 40 ya no son los mismos que a los 30. La mujer que soy hoy también busca otras cosas, otros aprendizajes, experiencias y oportunidades.

Aceptar para mi ahora, significa dejar de «pelear con el pasado», me enseña también que cerrar a tiempo y con amor es una victoria. Temino de escribir un capítulo largo, intenso, doloroso (a veces) y maravilloso (casi siempre).

Aquí y ahora, miro hacia atrás, sonrío, doy las gracias a Violeta Yoga por todo lo que me dio y me enseñó. Me quedo con la mochila llena de herramientas, los brazos abiertos y el espacio mental limpio. Estoy abierta para empezar a escribir esta nueva década. Y dejo un rastro de amor en forma de personas que me acompañaron en el camino, clases grabadas que aún dan vida y recuerdos en lo más profundo de mi espíritu y alma.

Gracias a todos los que lo hicieron posible, y a mí misma.


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