Recuerdas uno o varios momentos en los que te hayas mirado en el espejo, en una fotografía, y hayas dicho: ya no soy la misma que hace unos años.
Sin drama, sin entrar en el debate de si lo físico es superficial, si cuando lo pierdes también ganas en lo mental y experiencia, hay un día que te das cuenta de que hay un gran cambio, y ese día resulta extraño.
Hay un momento que frente al espejo del baño o bajo una luz fría de un probador, te dices «estoy mayor», algo ha cambiado.
Y sí, que bueno poder hablarlo y saber qué «no soy la única que se siente así».
Yo lo recuerdo, hará un par de años lo empecé a notar, en el rostro sobre todo y en la energía interna. Porque no solo en lo externo, sino que vamos perdiendo esa energía de juventud, esa alegría porque sí, que ahora observo en mi hija, y comienza un duelo por la juventud física que se va transformando. Es normal sentir nostalgia o una especie de tristeza silenciosa al ver que el cuerpo ya no responde igual que a los 20 o los 30, porque verte bien no es un acto de vanidad superficial, sino el reflejo de cómo nos sentimos por dentro. Cuando la autoimagen se desdibuja, el estado de ánimo también se apaga. Reconocer esta tristeza es el primer paso para sanarla, porque la aceptamos, al menos yo lo hago, pero de repente el teléfono te recuerda una fotografía de hace 7 años, y dices: ¡qué ha pasado!, y sí, han pasado los años, y aunque una se siente joven por dentro, una parte de lo que ve, se aleja de lo que siente que es.
En mi caso lo tengo claro, intentar mantener el cuerpo de los 25 años a los 40 es una batalla perdida contra la naturaleza que solo genera frustración. Para mí el objetivo ya no es la «perfección tersa», sino la «plenitud radiante». Mi cuerpo actual ha transitado caminos, ha acumulado sabiduría, ha gestado vida y ha sanado heridas. Los cambios son el resultado de este camino de vida y ahora tenemos muchas opciones para cuidar esta etapa y no caer en el malestar.
El peso del «Yo Ideal» vs el «Yo Real»
En terapia se trabaja mucho el conflicto entre el «yo ideal» (esa imagen mental de cómo deberíamos ser) y el «yo real» (lo que realmente existe y hay). La insatisfacción y la pérdida de alegría nacen de la distancia que hay entre estas dos imágenes. Mientras más nos aferremos a un estándar del pasado, más grande será el sufrimiento en el presente. La madurez nos exige actualizar nuestra mente para aceptar la realidad física actual.
La belleza de la madurez consciente:
A los 40, la belleza ya no viene de la juventud, sino de la autenticidad de saber quiénes somos. Una mujer que se acepta, que se cuida con amor y que camina segura de su historia proyecta una luz y una atracción que ninguna piel de 20 años puede replicar, así que caminemos amando lo que hay porque el hecho de estar es un regalo.
Aquí os propongo algunas manera de cuidarnos:
- Desarmar el diálogo interno: Observa cómo te hablas frente al espejo. Si las palabras que te diriges a tí mismas no se las diría a tu mejor amiga, es hora de frenar ese maltrato verbal.
- De la estética a la funcionalidad: Cambiar el enfoque . En lugar de evaluar el cuerpo por cómo se ve, agradecerle por lo que permite hacer (caminar, abrazar, trabajar, sentir placer).
- Abrazar la imperfección: «Repara la cerámica rota con oro». Las líneas de expresión en el rostro no son defectos, son las cicatrices doradas de las risas, los llantos y la experiencia acumulada.
- Los recursos externos: Tenemos opciones y las podemos tomar, ejercicio, alimentación, sueño, personas bonitas cerca, decir no a lo que no nos hace bien, decir sí a todo lo que nos da alegría de vivir.
Cuidemonos y expresemos sin juicio, hablemos con naturalidad de lo que queremos, sentimos y necesitamos.
PD: ahora recuerdo a esa adolescente insegura de su cuerpo, y la abrazo, si ella hubiera sabido lo divina que estaba durante todos aquellos años…
Aceptar no significa resignarse, es dejar de pelear con nuestra experiencia para empezar a transformarla.


