Nos levantamos con un despertador que altera nuestro sueño, y rápidamente cosas que hacer, miramos si hay mensajes, llamadas, chequeamos agenda… En menos de 30 minutos, tu cerebro ya ha procesado tres correos de trabajo, una lista de noticias alarmantes y veinte vidas perfectas en Instagram. Antes de salir de la cama, tu ritmo cardíaco ya se ha acelerado, ahora toca café, organizamos un poco para dejar lista la cama, la lavadora, la comida, llamamos a nuestros hijos para que se despierten, desayuno, mochila, salimos de casa …
Vivimos corriendo hacia metas que no recordamos haber elegido, con la extraña sensación de que, hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente. El estrés ha dejado de ser una respuesta biológica de emergencia para convertirse en nuestro estado por defecto. Nos hemos acostumbrado a vivir cansados, a responder con un «estoy cansada», «no doy a basto», «necesito vacaciones», «estoy estresada», cuando nos preguntan cómo estamos, y lo peor de todo: lo tenemos normalizado. Y así cada día, vamos cumpliendo con infinitos «tengo que», que nos convierten en la sociedad estresada que somos, donde muchas personas desarrollan enfermedades como el estrés y la ansiedad, y donde hasta los momentos de placer se convierten en obligaciones.
Vivimos corriendo hacia metas que no recordamos haber elegido, con la extraña sensación de que, hagamos lo que hagamos, nunca es suficiente.
Hoy en día, el valor de una persona parece medirse por lo ocupada que está su agenda. Presumimos de no tener tiempo como si fuera un éxito al que debamos aplaudir. Hemos convertido el descanso en un motivo de culpa, no hacer nada, como cuando nos sentamos en el sofá, es un estrés porque aparece una voz interna que nos recrimina lo que deberíamos estar adelantando o haciendo: limpiando, leyendo, aprendiendo algo nuevo, trabajo, atendiendo a los hijos, pareja, familia, amigos, haciendo deporte, quedando con alguien para hacer algún plan…
Tu cerebro no está diseñado para atender a estímulos las 24 horas del día. Las notificaciones, los globos rojos de las aplicaciones y la disponibilidad inmediata que exigen aplicaciones como WhatsApp mantienen a nuestro sistema nervioso en un estado de alerta constante. Tu atención pareciera que ya no te pertenece.
Las redes sociales actúan como un escaparate de vidas perfectas sin filtros de realidad. La sociedad moderna nos exige ser profesionales brillantes, mantener cuerpos esculpidos, ser padres presentes y ultra-pacientes, viajar constantemente y tener una casa de revista. El choque entre esa expectativa irreal y nuestra realidad cotidiana genera una frustración crónica que alimenta el estrés. Los miles de «tengo que» nos quitan el aire, nos genera malestar y alimenta la gran culpa de la que andamos enganchados.
El cuerpo lleva la cuenta y el estrés crónico (normalizado), nos va agotando. No es solo una sensación mental, es «un cóctel químico real». Cuando percibimos que no llegamos a todo, nuestro cuerpo segrega cortisol y adrenalina de forma sostenida. Estos químicos ahora se liberan mientras estamos sentados frente al ordenador respondiendo un correo electrónico, y están todo el tiempo, y no nos hacemos consciente de ello.
Las consecuencias de este goteo constante son devastadoras:
En el cuerpo: Insomnio, contracturas musculares en hombros y mandíbula, digestiones pesadas y un sistema inmunitario debilitado que nos hace enfermar más a menudo, aparecen más enfermedades, alergias, intolerancias, inflamación, trastornos digestivos, intestinales…
En la mente: Niebla mental (dificultad para concentrarse), irritabilidad con las personas que más queremos, falta de alegría, y una sensación constante de agobio que puede derivar en ansiedad.
El mundo no va a frenar su ritmo mañana, por lo tanto, tu paz mental no depende de que el mundo cambie, sino de que tus propios actos creen cambios diarios:
- Fija fronteras digitales: Tu primera hora del día te pertenece a ti, no a tus notificaciones. Intenta no mirar el móvil hasta que hayas desayunado, medita al menos 5 minutos cada día en la cama, antes de ponerte a hacer cosas, si necesitas ponte un video de fondo, pero hazlo para tí.
- Aprende a decir «no», y con ello cuídate: Cada vez que dices «sí» a un compromiso que no te apetece, te estás diciendo «no» a ti misma y a tu descanso.
- Practica la desaceleración consciente: Regálate diez minutos al día para romper el ritmo cada tanto, después de unas horas de trabajo, busca hacer algo para tí, después de comer, en algún rato entre horas, en vez de mirar el teléfono, atender llamadas, hacer más cosas, para y dedícate tiempo. No necesitas hacer un retiro espiritual en la montaña; necesitas aprender a bajar la productividad externa, para producir para tí.
Aunque puedas verlo como un mundo y ahora sea difícil para tí, se puede y se debe, porque la vida sino, te devuelve el daño que le has ido haciendo a tu cuerpo y mente, con enfermedades, y se trata de prevenir para sentirnos en paz y tener una mejor vida real.
No intentes resolver todo tu estrés de golpe, pero sí, empieza por regalarte una pequeña pausa ahora mismo. Os he preparado una meditación guiada para el estrés, en mi canal de YouTube, diseñada específicamente para ayudarte a salir de la corriente de tus pensamientos, sentarte en la orilla y recuperar tu centro en solo unos pocos minutos.


